1 de junio de 2012

Castillos de cemento;


   Me encontraba tan plácidamente cómoda en mi nuevo hogar, que no hubo un instante en el que se me cruzara por la mente pensar en la desdicha que me había trasladado allí. Las ventanas que daban al aparcamiento eran amplias, tanto que podías encontrarte viendo el inicio de la calle con sólo acercarte a una de ellas. Las puertas, talladas en madera de roble, tenían los picaportes del más fino oro que mis ojos hubiesen visto jamás. Los azulejos del piso ¡Sálvame, Jesús! eran tan espléndidos que me fue imposible, las primeras veces, no quedarme mirándolos por un período de tiempo indeterminado. Las paredes, de un desvaído blanco, formaban laberintos, tal así que nunca había terminado de recorrer la casa en su totalidad. El patio trasero era un lugar de ensueños. Las nubes que lo sostenían eran blancas como el algodón; rosas, naranjas o de un suave violeta en el atardecer, y cuando caía la noche sobre el santo cielo, se tornaban de un matiz azulado, muy oscuro.
   Tomé mi libro favorito de Lisa Kleypas, el único que había logrado traer conmigo, el que había estado sobre mi pecho a la hora de partir: “¿Ángel o Demonio?”. Me faltaba un poco para terminarlo, por lo que me decidí a leer algo antes de ir a hablar con el Señor.
      “Victoria fue a revolver el guisado, canturreando desafinada, y echó una pizca de sal en la cacerola. Reanudó la tarea de recoger sus cosas; estaba doblando un viejo chal de punto cuando oyó llamar a la puerta. Toda la cabaña se estremeció con la fuerza de los golpes.
   Perpleja y un tanto inquieta, fue a abrir la puerta. Dio un paso atrás al ver a Grant. Estaba tan apuesto que le cortaba el aliento, ves­tido con una atractiva chaqueta negra, corbatín también negro, cha­leco gris plateado y pantalones gris oscuro. Si bien eran sencillas, sus ropas tenían un corte perfecto que se ajustaba a sus hombros anchos y su torso esbelto. Volvió a sacudirla la vibrante fuerza de su personalidad... Él parecía grande, peligroso, y hasta un poco colérico. Sin em­bargo, contemplando sus encendidos ojos verdes, Victoria no sintió te­mor sino sólo un deseo instintivo de besar su boca dura y de obligarla a ablandarse contra la de ella. Leí con atención las palabras escritas por mi escritora preferida; en realidad, el romance de Grant y Victoria era totalmente gratificante de imaginar, más allá de sus desencuentros amorosos, siempre había una pizca de romance cuando se hablaban o simplemente se dirigían una mirada.
    Pensé en mi esposo, Paul, y mis dos hijos, John y Nelly. Los había abandonado de la peor manera existente, había destruido sus castillos de cemento macizo a martillazos, pero aún así la culpa no abarcaba siquiera un centímetro de mi cuerpo, ahora transparente por las circunstancias. Ellos habían estado ahí cuando los necesité, cuando tuve que decir algo, ellos escucharon con atención.
   El reloj cantó con su suave sonido de campanas. Era hora de hablar con Él.
   Me dirigí con displicencia hasta sus pies, con la cabeza gacha, luego de salir de mi hogar y caminar por las suaves y pálidas nubes hasta su lecho.
   “Buenos días”, me saludó, con una sonrisa en su cara.
   “Hola, Señor”, me limité a contestar, con esa pesadez que ahora habitaba en mi corazón.
   “¿A qué hecho debo agradecer el honor de tenerte conmigo hoy?”, preguntó, aún sonriente.
   “Me gustaría volver. Pero sé que no puedo, ahora me siento culpable”, contesté, pero en voz baja. Sabía que así también podía oírme.
   “¿A qué se debe ese repentino deseo?”, ahora me escrutaba con la mirada, preocupado de que no estuviera satisfecha con mi nueva vida.
   “Estoy muy sola, y preocupada por mi familia”, bufé, “sé que están bien, pero deben estar tristes por mi súbita partida”.
   “Oh, bueno…”, susurró, “estoy consciente de ello”, respondió.
   “ ¿Me dejarás hacerlo”, pregunté esperanzada.
   “Sólo si prometes no pedirlo nunca más, una vez que vuelvas”, pidió.
   “Lo prometo…”, dije con seguridad, “gracias, Dios, nunca lo olvidaré”. Agradecí, y me encontré de vuelta en mi casa, rodeada de mi familia, y me pregunté cuanto tiempo habría pasado en la Tierra mientras estuve en el Cielo. Me convencí a duras penas de que lo extrañaría.

By; Lucila Galetovich - Año 2010.

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