Me encontraba tan plácidamente cómoda en mi
nuevo hogar, que no hubo un instante en el que se me cruzara por la mente
pensar en la desdicha que me había trasladado allí. Las ventanas que daban al
aparcamiento eran amplias, tanto que podías encontrarte viendo el inicio de la
calle con sólo acercarte a una de ellas. Las puertas, talladas en madera de
roble, tenían los picaportes del más fino oro que mis ojos hubiesen visto
jamás. Los azulejos del piso – ¡Sálvame,
Jesús! – eran
tan espléndidos que me fue imposible, las primeras veces, no quedarme
mirándolos por un período de tiempo indeterminado. Las paredes, de un desvaído
blanco, formaban laberintos, tal así que nunca había terminado de recorrer la
casa en su totalidad. El patio trasero era un lugar de ensueños. Las nubes que
lo sostenían eran blancas como el algodón; rosas, naranjas o de un suave
violeta en el atardecer, y cuando caía la noche sobre el santo cielo, se
tornaban de un matiz azulado, muy oscuro.
Tomé mi libro favorito de Lisa Kleypas, el
único que había logrado traer conmigo, el que había estado sobre mi pecho a la
hora de partir: “¿Ángel o Demonio?”. Me faltaba un poco para terminarlo, por lo
que me decidí a leer algo antes de ir a hablar con el Señor.
“Victoria fue a revolver el guisado, canturreando desafinada, y echó una
pizca de sal en la cacerola. Reanudó la tarea de recoger sus cosas; estaba doblando un viejo chal de punto
cuando oyó llamar a la puerta. Toda la cabaña se estremeció con la fuerza de
los golpes.
Perpleja y un
tanto inquieta, fue a abrir la puerta. Dio un paso atrás al ver a Grant. Estaba
tan apuesto que le cortaba el aliento, vestido con una atractiva chaqueta
negra, corbatín también negro, chaleco gris plateado y pantalones gris oscuro.
Si bien eran sencillas, sus ropas tenían un corte perfecto que se ajustaba a
sus hombros anchos y su torso esbelto. Volvió a sacudirla la vibrante fuerza de
su personalidad... Él parecía grande, peligroso, y hasta un poco colérico.
Sin embargo, contemplando sus encendidos ojos verdes, Victoria no sintió temor
sino sólo un deseo instintivo de besar su boca dura y de obligarla a ablandarse
contra la de ella”. Leí
con atención las palabras escritas por mi escritora preferida; en realidad, el
romance de Grant y Victoria era totalmente gratificante de imaginar, más allá
de sus desencuentros amorosos, siempre había una pizca de romance cuando se
hablaban o simplemente se dirigían una mirada.
Pensé
en mi esposo, Paul, y mis dos hijos, John y Nelly. Los había abandonado de la
peor manera existente, había destruido sus castillos de cemento macizo a
martillazos, pero aún así la culpa no abarcaba siquiera un centímetro de mi
cuerpo, ahora transparente por las circunstancias. Ellos habían estado ahí cuando los necesité, cuando tuve
que decir algo, ellos escucharon con atención.
El reloj cantó con su suave sonido de campanas. Era hora de hablar con
Él.
Me dirigí con displicencia hasta sus pies, con la cabeza gacha, luego de
salir de mi hogar y caminar por las suaves y pálidas nubes hasta su lecho.
“Buenos días”, me saludó, con una sonrisa en su cara.
“Hola, Señor”, me limité a contestar, con esa pesadez que ahora habitaba
en mi corazón.
“¿A qué hecho debo agradecer el honor de tenerte conmigo hoy?”,
preguntó, aún sonriente.
“Me gustaría volver. Pero sé que no puedo, ahora me siento culpable”,
contesté, pero en voz baja. Sabía que así también podía oírme.
“¿A qué se debe ese repentino deseo?”, ahora me escrutaba con la mirada,
preocupado de que no estuviera satisfecha con mi nueva vida.
“Estoy muy sola, y preocupada por mi familia”, bufé, “sé que están bien,
pero deben estar tristes por mi súbita partida”.
“Oh, bueno…”, susurró, “estoy consciente de ello”, respondió.
“ ¿Me dejarás hacerlo”, pregunté esperanzada.
“Sólo si prometes no pedirlo nunca más, una vez que vuelvas”, pidió.
“Lo prometo…”, dije con seguridad, “gracias, Dios, nunca lo olvidaré”. Agradecí,
y me encontré de vuelta en mi casa, rodeada de mi familia, y me pregunté cuanto
tiempo habría pasado en la Tierra mientras estuve en el Cielo. Me convencí a
duras penas de que lo extrañaría.
By; Lucila Galetovich - Año 2010.

No hay comentarios:
Publicar un comentario