31 de diciembre de 2011

amber&john;

Nunca pensé que sería tan feliz con alguien. Y realmente me motivó a empezar mis proyectos más soñados.
Lo amaba, verdaderamente, era el chico con el que me divertía siempre. Podía sacarme una sonrisa con la más mínima mueca. La perfección de sus rasgos era increíble, el color de su cabello era hermoso.
El aroma que sentía al abrazarlo llenaba mis pulmones de suspiros. El sólo hecho de mirarlo a los ojos despertaba en mí un sentimiento desconocido y placentero en verdad.
Nunca me había sentido así, repito. Nunca había querido a alguien tanto como a él. No sabía lo que era el amor, aunque lo recitara como si fuera la sinopsis de un libro aburrido de leer.
No me emocionaba para nada encontrarlo, pero un día llegó. Y no pude hacer nada para detener el sentimiento que crecía rápidamente dentro de mí.
Nos conocimos en la escuela, él era nuevo y era el chico más lindo que jamás hubiese visto.
Yo era -y fui hasta hace un año- la típica chica porrista, de esas que sólo salen con los mariscales de campo o los capitanes del equipo de baloncesto. Había salido con muchos chicos hasta ese momento pero nunca había sentido nada especial, era por un tema de reputación. Pero este chico, que luego se convirtió en el capitán del equipo de baloncesto de mi escuela, me cautivó por completo, era totalmente encantador.
Creí estar enamorada desde el primer momento en que lo vi, en el pasillo, al lado de mi casillero guardando su libro de química. Lo miré, y él me miró.
Sonrió y sentí que mi mundo se daba vuelta, completamente. Se presentó, se llamaba John.
"John", gritaron mis hormonas. Y me presenté. "Amber", dije. "Tu futura novia", pensé.
Y luego de unos meses mi pensamiento tomó cuerpo y vida. Empezamos a salir.
Después de los dos meses de relación, hicimos el amor por primera vez.
Se sintió tan bien, tan reconfortante. Me dijo que me quería y que siempre iba a querer estar conmigo. Le repetí las mismas palabras, al oído, mientras nos quedábamos dormidos.
A la mañana siguiente desayunamos y nos marchamos a la playa. Él tomó su tabla de surf y nos fuimos caminando. Él no tenía auto y eso me encantaba, era distinto a todos los chicos del equipo. Era sencillo, despreocupado, natural. Su padre no era un ricachón empedernido que lo único que hacía era engañar a su mujer y enviar dinero a su hijo para que abasteciese sus necesidades, o más bien sus caprichos.
Cuando volvimos de la playa sus padres estaban en casa. Me presentó, hablamos por una hora y luego el me llevó a mi casa. Paul y Elizabeth, los más dulces suegros que jamás conocí y conoceré en toda mi vida.
Hacía ocho meses que manteníamos nuestra relación, y John enfermó. Se desmayó en la práctica de baloncesto.
Cáncer. Maldito cáncer. Un tumor cerebral que crecía y era imposible de interrumpir. Lloramos juntos esa tarde. Y me dijo por primera vez que me amaba. Le proporcioné una sobredosis de amor aquella noche. Le di todo de mí, para que no se olvidara de nuestras noches de amor.
Le diagnosticaron tres meses más de vida, y vivió dos años y medio. Tuvimos un bebé y planeábamos casarnos, pero se arrepintió unos días antes de su muerte, no quería dejarme sola después de habernos casado. Decía que era como quitarle el regalo de navidad a un niño luego de habérselo dado.
Anoche lo vi morir. Él presionó mi mano con fuerza y sus ojos se cerraron lentamente. No puedo explicar el sabor de mis lágrimas. Estaban amargas, disgustadas. Aquella tarde habíamos sacado millones de fotos con Johnny, nuestro hijo de casi año. Las tendré por toda la casa, y le mostraré a mi hijo, cuando sea más grande, el video que le grabó John antes de morir. Todavía yo no lo ví. Esperaré a que él lo vea, quiero sorprenderme. John siempre me sorprendía.

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